
Durante mi viaje a Japón la pasada primavera, tuve ocasión de descubrir el rico mundo de la repostería que ostentan los japoneses. La delicadeza estética y exquisitez en sus creaciones culinarias también trasciende allí al ámbito de los dulces. Por poner un ejemplo, era época de (Hanami 花見), fiesta de la primavera y de la floración de los cerezos, y en los puestos de dulces (exquisitos, incluso en el metro o en los centros comerciales más frecuentados) proliferaban delicias de confitería de color rosa, con sabor a cereza y envoltorios de estética finisíma. Pero fue durante nuestra visita a Kyoto donde más nos sorprendimos. Mientras paseábamos por el Sendero de la Filosofía (Tetsugaku no michi 哲学の道) hicimos un alto en el camino para descubrir, ante nuestra incredulidad, una auténtica casa de té llamada (Yojiya Cafe de Ginkakuji よーじやカフェ 銀閣寺店) perfectamente conservada y reconvertida en una versión moderna abierta al público, con aforo limitado a 10 personas, que entraban por turnos, y con interiorismo tradicional con suelo de tatamis.
Desde la antigüedad, en Japón, se le ha dado mucha importancia al simbolismo de la ceremonia del té, cuyo origen se sitúa en la época de los (samuráis 侍), en que las mujeres preparaban el té con sumo cuidado y lentitud de movimientos en una armoniosa coreografía destinada a relajar el agitado temperamento samurái, acostumbrado a estar expuesto al peligro.

Capuccino de té verde
Tras revisar la tentadora carta, repleta de postres y bebidas a base de té verde, que se exponía junto al porche de entrada, y tras apuntarnos en la lista de espera, dimos una vuelta por el esmerado jardín japonés al que dirigen su mirada los comensales de la casa de té a través de unos amplios ventanales, como después también lo haríamos nosotros, acomodados (de rodillas) en nuestra pequeña parcela de tatami. Yo tomé un capuccino de té verde sobre cuya espuma de leche se dibujaba, con polvo de té, el emblema de la tetería (un rostro de mujer reflejado en un espejo de tocador); una deliciosa experiencia de sabor dulce y aterciopelado.

Roger tomó un postre más elaborado a base de sopa fría de té verde con helado de vainilla y mini-mochis o, mejor dicho, joyas blancas (shiratama 白玉). Nos sirvieron en silencio, en un ambiente como de meditación, para saborear cada sorbo y cada bocado con detenimiento, mientras observábamos el bello y calmo jardín. Nos sentíamos los seres más privilegiados de la tierra, flotando en la nube de nuestro ilusionante viaje a Japón.

Yojiya Cafe (よーじやカフェ)
T. 075 754 0017
Kyoto (Japón)
http://www.yojiya.co.jp






















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